El Escudo De La Autoridad: El Miedo A La Libertad Y El Fenómeno Iliberalismo En ColombiaCristian Beltrán Barrero PrólogoEn la ciencia política, el iliberalismo (o democracia iliberal) se define como un modelo de gobierno en el cual un mandatario o partido accede al poder de manera legítima a través de elecciones democráticas, pero, una vez en el cargo, erosiona de forma sistemática los límites constitucionales, los contrapesos institucionales y las libertades civiles. En términos sencillos, el iliberalismo separa la democracia del liberalismo:
Para identificar un fenómeno iliberal, los politólogos buscan cuatro características fundamentales:
En resumen: El iliberalismo es un régimen donde hay votos, pero no hay derechos garantizados. Los ciudadanos conservan el poder de elegir a sus gobernantes, pero pierden las protecciones legales frente al abuso de ese mismo poder. IntroducciónEl ascenso y consolidación de liderazgos de corte autoritario en la política contemporánea plantea una de las paradojas más complejas de la teoría social: ¿por qué sociedades que han luchado por conquistar derechos democráticos eligen plataformas que prometen restringirlos? Este ensayo aborda dicha interrogante examinando el triunfo electoral en segunda vuelta de la propuesta política de Abelardo de la Espriella en Colombia, un proyecto caracterizado por sus críticos como un modelo totalitario e iliberal debido a sus propuestas de concentración ejecutiva, militarización y control moral. Para desentrañar este fenómeno, este texto se articula en tres grandes secciones. En primer lugar, se analiza el comportamiento del electorado a través del lente psicoanalítico de Erich Fromm en su obra fundamental El miedo a la libertad. En segundo lugar, se amplía el marco teórico mediante las perspectivas de pensadores como Thomas Hobbes, Étienne de La Boétie, Wilhelm Reich y Theodor Adorno. Finalmente, se examina la complejidad del panorama electoral colombiano, evaluando si el estrecho margen de los comicios refleja una renuncia colectiva a la autonomía o si, por el contrario, responde a una activación de mecanismos de supervivencia psicológica y pragmática ante crisis profundas de seguridad y cohesión social.
Para comprender el atractivo de las propuestas autoritarias, es indispensable recurrir a Erich Fromm y su célebre obra de 1941, El miedo a la libertad. Fromm postula que el ser humano moderno experimenta una profunda contradicción: la emancipación de las ataduras tradicionales le ha otorgado independencia, pero también lo ha sumido en un estado de "libertad negativa", caracterizado por el aislamiento, la insignificancia y una angustia intolerable ante la incertidumbre. Cuando las instituciones democráticas fallan en proveer un marco de seguridad y pertenencia, el individuo no tolera el peso de su propia responsabilidad y prefiere renunciar a su autonomía a cambio del orden psicológico que ofrece un régimen autoritario. Fromm identifica tres mecanismos principales de evasión a través de los cuales las sociedades huyen de esta angustia:
La tesis de Fromm dialoga estrechamente con otros pensadores que, desde la filosofía y la ciencia social, advirtieron que la libertad puede ser percibida como una carga insoportable. En el plano de la filosofía política clásica, Thomas Hobbes argumentó en Leviatán que el miedo primordial a la muerte violenta y al caos del "estado de naturaleza" empuja a los ciudadanos a ceder voluntariamente sus derechos a un soberano absoluto a cambio de paz y protección. Siglos después, Fiódor Dostoyevski retrataría esta misma angustia existencial en el capítulo "El Gran Inquisidor" de Los hermanos Karamázov, afirmando que no hay obsesión más dolorosa para el ser humano que hallar rápidamente a quién rendir el don del libre albedrío a cambio de pan y certezas. Desde una perspectiva crítica y psicológica, Étienne de La Boétie ya había acuñado en el siglo XVI el concepto de "servidumbre voluntaria", explicando que los tiranos sostienen su poder no por la fuerza de las armas, sino porque los pueblos se habitúan a la obediencia por apatía y comodidad. En el siglo XX, Wilhelm Reich y Theodor Adorno profundizaron en las raíces clínicas de este fenómeno:
Al aplicar estos marcos teóricos a los resultados electorales de Colombia, donde la plataforma de Abelardo de la Espriella se impuso en segunda vuelta, la pregunta sobre si el electorado local "ama las dictaduras" exige un análisis desprovisto de reduccionismos. El veredicto de las urnas arrojó un país dividido casi simétricamente: un 49.66% frente a un 48.70% obtenido por Iván Cepeda. Esta estrecha diferencia de aproximadamente 250.000 votos confirma la tesis de una renuncia colectiva y homogénea a la democracia; demuestra, en cambio, una polarización extrema en la que la mitad de la nación se resiste a los planteamientos del candidato electo. El análisis politológico sugiere que el apoyo a este programa —denunciado por sectores académicos por su intención de gobernar mediante decretos masivos, debilitar la separación de poderes, imponer un control moral religioso en la educación y emular el modelo punitivo de Nayib Bukele— responde a una movilización impulsada por el miedo y el pragmatismo pero por sobre todo por un deseo intrínseco de opresión. Cuando el argumento de que el desorden institucional y la criminalidad desbordan la cotidianidad cala entre el votante mediante el miedo, opera el cálculo hobbesiano: el ciudadano atemorizado por la desinformación prioriza la seguridad física y la estabilidad de sus imaginarias “libertades económicas” —como el libre mercado y la propiedad privada, pilares del discurso de De la Espriella— por encima de las garantías procesales y los derechos ambientales. Cerca de una regresión totalitaria uniforme, el fenómeno colombiano ilustra de forma nítida los conceptos de Fromm y Adorno. Ante una profunda desinformación de una crisis de seguridad creada mediáticamente es percibida como caos por el ciudadano desinformado, una porción significativa del electorado cayó en dinámicas de conformidad autómata, asimilando un discurso mesiánico de "salvación nacional" en el que la retórica de la fuerza y la neutralización del contrincante político actuaron como un analgésico contra el miedo fabricado por los medios. El triunfo de esta plataforma iliberal pone a prueba la resiliencia de la arquitectura democrática colombiana, cuyas cortes, legislativo y sociedad civil organizada se configuran ahora como los contrapesos indispensables para contener la concentración del poder. Conclusiones
|
El sitio web de los profesionales, de los aprendices, de los expertos, y de los curiosos.
lunes, 22 de junio de 2026
El Escudo De La Autoridad: El Miedo A La Libertad Y El Fenómeno Iliberalismo En Colombia
miércoles, 17 de junio de 2026
La Inversión Cínica De La Violencia: Historia Del Odio De Clase Y La Captura Criminal En La Ultraderecha Colombiana
La Inversión Cínica De La Violencia: Historia Del Odio De Clase Y La Captura Criminal En La Ultraderecha ColombianaCristian Beltrán Barrero IntroducciónEn el ecosistema mediático colombiano, se ha vuelto habitual que el periodismo corporativo y las figuras de la derecha radical utilicen acusaciones de "polarización" u "odio de clases" para descalificar cualquier proyecto político de corte progresista o socialdemócrata. Un ejemplo paradigmático ocurrió cuando la periodista Vanessa de la Torre acusó al senador Iván Cepeda de promover una agenda de división entre "buenos y malos", o cuando el expresidente Álvaro Uribe Vélez señaló que la izquierda agita un resentimiento de "pobres contra ricos". Estas afirmaciones, lejos de ser análisis objetivos, operan bajo la lógica schmittiana de "amigo-enemigo" —teorizada por el jurista nazi Carl Schmitt— para fabricar un "enemigo interno" al que se pueda deshumanizar y culpar de los males de la nación. Sin embargo, al contrastar esta narrativa con los hechos históricos, los expedientes judiciales y los informes de memoria histórica, la tesis oficial se desmorona. Este ensayo sostiene que la división estructural, el odio de clase violento y la degradación institucional en Colombia no han sido provocados por la denuncia socialdemócrata, sino por las estrategias de exclusión, despojo y criminalidad estatal que la derecha y la ultraderecha han ejecutado sistemáticamente para perpetuar su hegemonía.
El argumento de que la izquierda fundó la división social en Colombia cae por su propio peso al revisar el siglo XX. Mucho antes de la consolidación de las guerrillas de izquierda o de los movimientos civiles progresistas, las élites reaccionarias ya gobernaban bajo la premisa de la eliminación moral del adversario. Tras el magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, el proyecto político del laureanismo (encarnado por Laureano Gómez) catalogó a la base popular liberal y campesina como una anomalía metafísica que debía extirparse. Bajo la etiqueta de "el Basilisco" —un monstruo con cabeza comunista y cuerpo liberal—, el oficialismo dio una carta blanca implícita a policías estatales (los "Chulavitas") y civiles armados (los "Pájaros") para perseguir, desplazar y masacrar al campesinado empobrecido. Esta doctrina de exclusión continuó en los años 60 bajo el gobierno de Guillermo León Valencia, quien recurrió a la Doctrina de la Seguridad Nacional impuesta por Estados Unidos para bombardear las denominadas "repúblicas independientes". Aquellas zonas no eran ejércitos invasores, sino comunidades agrarias e indígenas organizadas para subsistir y defenderse del despojo latifundista. Desde la Regeneración de Rafael Núñez hasta el Frente Nacional, los pueblos étnicos y el campesinado pobre han sido tratados por el poder central como factores de atraso o aliados naturales de la subversión, evidenciando que el odio de clase original se ejerció verticalmente desde el Estado.
El punto de inflexión de esta "guerra de clases desde arriba" se consolidó en el siglo XXI con la política de Seguridad Democrática de Álvaro Uribe Vélez. Bajo este modelo, la categoría del enemigo interno se expandió de manera peligrosa, etiquetando a defensores de derechos humanos, sindicalistas y opositores como "terroristas vestidos de civiles" o "corifeos de la insurgencia". La consecuencia más atroz de esta estigmatización institucional fue el fenómeno de las ejecuciones extrajudiciales, erróneamente llamadas "falsos positivos". La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) estableció que al menos 6.402 personas fueron asesinadas de manera ilegítima por agentes del Estado para presentarlas como bajas en combate entre 2002 y 2008, 7088 entre 2002 y 2010 y un universo de 7837 entre 1990 y 2016. Estas víctimas no pertenecían a los sectores acomodados; eran jóvenes desempleados de barriadas populares (como Soacha), campesinos, indígenas y personas vulnerables reclutadas mediante engaños. Para sostener una macabra contabilidad estadística que simulara el triunfo en la guerra, el sistema militar asumió de manera implícita que estas vidas eran desechables y que nadie las reclamaría. La recordada afirmación de que "no estarían recogiendo café" es la máxima expresión de ese desprecio clasista e institucionalizado.
Denunciar la devastación humana provocada por el paramilitarismo y el narcotráfico en la periferia del país no es "sembrar odio"; es relatar la verdad histórica documentada por el Centro Nacional de Memoria Histórica y la Comisión de la Verdad. La ultraderecha colombiana no solo ha estado ideológicamente atada al paramilitarismo, sino que ha dependido materialmente de él. Las masacres sistemáticas, el despojo violento de más de 6 millones de hectáreas de tierra y las torturas monstruosas —como el uso de motosierras para desmembrar personas vivas— sirvieron como herramientas de control social y territorial. La construcción de infraestructuras para incinerar seres humanos (como los hornos crematorios operados por el Bloque Catatumbo de las AUC en Juan Frío, Norte de Santander) emuló los métodos más siniestros del fascismo europeo con el fin de borrar la evidencia del exterminio. Este proyecto paraestatal capturó las instancias legislativas y ejecutivas mediante pactos secretos (como el Pacto de Ralito en 2001) para, en palabras de los propios jefes paramilitares, "refundar la patria". La transición de este modelo hacia un narcoestado con altos niveles de impunidad se ha mantenido hasta épocas recientes; escándalos como la Ñeñepolítica en la campaña de Iván Duque demostraron cómo los dineros de economías ilegales han seguido financiando el acceso a la máxima jefatura del Estado.
La herencia de esta política represiva estalló entre 2019 y 2021. El Estallido Social, protagonizado por una generación de jóvenes precarizados, sin acceso a educación ni empleo, fue abordado por el gobierno de Iván Duque y la extrema derecha bajo la vieja tesis schmittiana: la protesta nacional fue calificada como una "toma guerrillera". Esta criminalización de la precariedad económica legitimó respuestas policiales desproporcionadas, desapariciones forzadas y agresiones que recordaron los años más duros del paramilitarismo urbano. Hoy en día, la retórica de la derecha radical se ha radicalizado en los medios de comunicación y redes sociales mediante discursos que incitan a la eliminación del oponente político. Expresiones públicas emitidas por líderes de opinión o abogados de las élites que sugieren "destripar a la izquierda" o que advierten que la "mamertería debe correr y esconderse porque la van a desaparecer" no son simples excesos metafóricos. En un país con el historial de genocidio político de Colombia —como el vivido por la Unión Patriótica—, el uso de este lenguaje equivale a activar códigos de exterminio físico.
Finalmente, el debate sobre quién divide al país debe trasladarse del plano moral al plano de las realidades judiciales. Acusar a líderes como Gustavo Petro o Iván Cepeda de dividir a la nación por denunciar la corrupción de las élites tradicionales es una falacia de causalidad: se pretende culpar al denunciante del delito cometido por el delincuente. Los registros de la Corte Suprema de Justicia y de la Fiscalía General de la Nación de las últimas tres décadas revelan un patrón abrumador de captura criminal de las instituciones por parte de los partidos de derecha y ultraderecha. El gobierno de la Seguridad Democrática ostenta el récord histórico de altos funcionarios, ministros y directores de departamentos (como el DAS) condenados en firme:
A esto se suma que más del 30% del Congreso de la República de la época de la coalición uribista (Partido de la U, Cambio Radical, Partido Conservador) fue procesado y recluido por el escándalo de la Parapolítica. En la actualidad, partidos como el Centro Democrático continúan registrando la captura de congresistas clave por redes de contratación ilegal (como el caso de Ciro Ramírez). El progresismo y la socialdemocracia no crearon esta podredumbre; simplemente han ejercido el control político constitucional que destapó estas ollas ante la opinión pública. ConclusionesEl examen riguroso de la historia colombiana demuestra que la acusación de que la izquierda promueve una "agenda de odio" es una estrategia de distracción e impunidad ideada por los verdaderos responsables de la fractura social de la nación. La izquierda socialdemócrata y progresista no divide al país entre buenos y malos, ni inventa la lucha de clases de forma artificial; lo que hace es evidenciar una fractura estructural preexistente generada por una minoría que concentra la riqueza mediante el despojo de las mayorías excluidas. Quien ha gobernado con un odio de clase violento e histórico ha sido la ultraderecha, cuyos métodos han abarcado desde masacres en el campo y el despojo masivo de tierras, hasta el fusilamiento sistemático de jóvenes vulnerables para inflar estadísticas de guerra y el saqueo descarado del erario nacional. Denunciar la corrupción, exigir que los máximos responsables de crímenes de lesa humanidad comparezcan ante los tribunales de justicia y defender los derechos fundamentales de las mayorías campesinas, indígenas y urbanas no es dividir a la sociedad; es un acto mínimo de higiene democrática, verdad y decencia. La paz y la cohesión de Colombia no se lograrán silenciando las denuncias de las víctimas, sino desmantelando los discursos y las estructuras criminales que por décadas han pretendido tratar a los sectores populares como ciudadanos sacrificables. |
lunes, 15 de junio de 2026
Más allá del Mito de Robin Hood: Justicia Social, Redistribución Institucional y la Sostenibilidad del Mercado
Más allá del Mito de Robin Hood: Justicia Social, Redistribución Institucional y la Sostenibilidad del MercadoCristian Beltrán Barrero IntroducciónEl debate contemporáneo en torno a la equidad económica suele verse lastrado por un reducimiento ideológico que asimila de forma automática los conceptos de "justicia social" y "redistribución de la riqueza" con doctrinas colectivistas o totalitarias. Desde sectores de la derecha radical, estas nociones se caricaturizan como un mecanismo punitivo e irracional: un despojo arbitrario de los recursos del creador de riqueza para transferirlos pasivamente a sectores improductivos de la sociedad. Esta narrativa, además de fundarse en un sesgo moralista que divide simplistamente a los actores económicos entre benefactores e indolentes, ignora la historia del pensamiento económico y la propia teoría política liberal. El presente ensayo sostiene que tanto la justicia social como la redistribución no solo no son ajenas al modelo capitalista, sino que constituyen los pilares indispensables para su propia viabilidad y supervivencia a largo plazo. Lejos de ser invenciones del socialismo real, la estructuración de reglas de juego equitativas y la ingeniería fiscal progresiva actúan como el soporte institucional que previene la esclerosis del mercado, la formación de oligarquías hereditarias y el colapso de la demanda agregada. A través de cuatro apartados, se desarmará conceptualmente el mito de la confiscación para examinar las dimensiones reales del reajuste de mercado, su sólido fundamento en la filosofía política occidental y los mecanismos institucionales que permiten democratizar la economía sin alterar las libertades individuales. Capítulo I: Desmontando el Mito de la Confiscación en la Economía de MercadoPara comprender el funcionamiento de las economías de mercado modernas, es indispensable desarmar los "hombres de paja" retóricos que asimilan la redistribución a una simple expropiación.
En el capitalismo contemporáneo, la redistribución opera como un mecanismo técnico de reajuste macroeconómico ejecutado mediante la política fiscal y el gasto público. Sus objetivos fundamentales son:
Incluso dentro del pensamiento económico liberal y de derecha se encuentran antecedentes de estas medidas. Milton Friedman, pilar de la Escuela de Chicago y referente del liberalismo económico, propuso el Impuesto Negativo sobre la Renta: un subsidio monetario directo para quienes se ubicaran por debajo de un umbral de ingresos básicos, concebido para simplificar el aparato estatal y garantizar un mínimo de subsistencia que permitiera a los individuos actuar como consumidores en el mercado libre. Capítulo II: El Fundamento Filosófico y Económico de la Justicia SocialEquiparar la justicia social con el comunismo es un error analítico que desconoce las raíces del pensamiento político occidental. El concepto cuenta con un amplio desarrollo histórico ajeno a las tesis marxistas.
En el siglo IV a.C., en su Ética a Nicómaco, Aristóteles teorizó sobre la justicia distributiva, definiéndola como el reparto proporcional de honores, bienes y cargas entre los miembros de la polis. No planteaba un igualitarismo plano, sino una proporcionalidad geométrica basada en el mérito y la necesidad, comprendiendo que la opulencia extrema y la miseria absoluta fracturan la cohesión ciudadana y destruyen la estabilidad democrática.
El filósofo político más influyente del siglo XX, John Rawls, fundamentó la justicia social dentro de los márgenes de las democracias constitucionales y las economías de mercado. A través del experimento mental del "Velo de la Ignorancia", Rawls demostró que sujetos racionales que desconocieran el lugar socioeconómico o las capacidades biológicas que les tocaría en suerte al nacer, pactarían un diseño institucional donde las desigualdades económicas solo fueran tolerables si operaban en beneficio de los miembros menos aventajados de la sociedad (el Principio de Diferencia), financiando derechos fundamentales mediante la tributación.
El Premio Nobel de Economía Amartya Sen sostiene que la libertad de mercado es una abstracción irrelevante si las personas carecen de las capacidades básicas para ejercerla. Disponer del derecho formal a emprender carece de valor si no se cuenta con los niveles mínimos de salud y educación para materializarlo. La justicia social, bajo esta óptica, provee los peldaños iniciales para transformar las libertades formales en oportunidades reales de desarrollo y movilidad social.
Desde la economía política contemporánea, Thomas Piketty documenta empíricamente que, bajo dinámicas de mercado desreguladas, la tasa de rendimiento del capital ($r$) tiende a superar sistemáticamente a la tasa de crecimiento económico ($g$). Esto implica que la riqueza acumulada y las herencias se expanden a mayor velocidad que la producción real y los salarios. Sin la intervención correctiva de la justicia social —como la tributación progresiva a las grandes sucesiones—, el capitalismo deriva de forma natural hacia un modelo neopatrimonial de dinastías económicas que asfixia la competencia y destruye la movilidad social. Capítulo III: La Distinción Conceptual: Procedimiento frente a Estado IdealParte de la confusión reinante deriva de la incapacidad de discriminar entre un instrumento contable y un horizonte ético-jurídico. La justicia social y la redistribución de la riqueza no son términos intercambiables.
La redistribución es meramente uno de los diversos instrumentos disponibles para aproximarse al ideal de la justicia social. De hecho, existen múltiples reformas de carácter estructural dentro de una economía abierta que promueven la justicia social sin necesidad de recurrir a transferencias monetarias directas:
Capítulo IV: Mecanismos Modernos de Democratización Económica e Ingeniería FiscalLa transformación de las estructuras socioeconómicas hacia un modelo justo no requiere de expropiaciones arbitrarias; se articula mediante reformas institucionales rigurosas sobre la producción, la fiscalidad y el territorio.
La distribución más eficiente se genera en el momento en que se produce la riqueza, regulando el acceso y las condiciones de los factores clásicos (tierra, trabajo y tiempo):
Frente a los sistemas tributarios conmutativos o regresivos, que gravan de manera desproporcionada el consumo básico de las mayorías mediante tasas planas, la ingeniería fiscal moderna exige:
La justicia distributiva exige abandonar las fórmulas centralistas de asignación de recursos públicos basadas exclusivamente en la densidad demográfica (reparto por número de habitantes). Este criterio condena al abandono estructural a los territorios periféricos o de baja densidad poblacional que concentran altos índices de pobreza multidimensional. Redistribuir institucionalmente implica redirigir el gasto del Estado hacia la provisión de infraestructura vial, centros de salud especializados y educación técnica de alta calidad precisamente en las zonas con mayores carencias materiales. Este enfoque provee los bienes públicos indispensables para que las poblaciones excluidas conecten sus capacidades productivas con el mercado global y generen su propio progreso de manera autónoma. V. ConclusionesLa asimilación de la justicia social y la redistribución con el comunismo es un anacronismo teórico y una distorsión retórica que la evidencia histórica y económica desmiente con rotundidad. Como se ha expuesto a lo largo de este ensayo, la búsqueda de la equidad no responde a una pulsión punitiva en contra del éxito económico ni a un esquema asistencialista diseñado para desincentivar el trabajo. Por el contrario, representa el dispositivo de seguridad y el mecanismo de calibración que permite al sistema de libre mercado funcionar de manera eficiente, legítima y competitiva. La concentración desmedida de los recursos y la asimetría en las condiciones de partida de los individuos desvirtúan la libre competencia, transformando el mercado abierto en una estructura oligárquica cerrada donde el mérito es suplantado por el privilegio hereditario. Los mecanismos de redistribución e ingeniería institucional —ya sea a través de la política fiscal progresiva, la inversión social focalizada territorialmente o la democratización del acceso a los factores de producción— no constituyen un ataque al capitalismo, sino la fórmula técnica para asegurar su sostenibilidad frente a sus propias tendencias de acumulación interna. En definitiva, la justicia social no pretende abolir la propiedad privada ni imponer un igualitarismo homogeneizador; su propósito es fundar un ordenamiento institucional donde las reglas del juego sean limpias, las oportunidades reales y el punto de nacimiento de un ciudadano no se convierta en una condena biográfica insuperable. Sin un marco institucional que tutele la dignidad humana y viabilice la movilidad social, el mercado libre se despoja de su justificación ética y se encamina hacia su propia asfixia económica. |