La Hipocresía Política y la Deshumanización de la OtredadCristian Beltrán Barrero IntroducciónLa supervivencia de las estructuras de dominación a lo largo de la historia de la humanidad no ha dependido únicamente del uso de la fuerza física; su sostenibilidad radica, de manera fundamental, en el control absoluto de los marcos narrativos y simbólicos que legitiman dicha violencia. En las últimas décadas, el auge del neofascismo y el advenimiento del tecnofascismo han sofisticado estos mecanismos de control social a través de lo que puede definirse como la "hipocresía política": la aplicación sistemática de un doble rasero moral y analítico para juzgar las acciones colectivas según el espectro ideológico de quien las ejecute. Bajo este modelo, toda iniciativa de transformación social o de búsqueda de la paz emanada desde los movimientos populares o las izquierdas —particularmente evidente en el trágico devenir histórico de Colombia— es sometida a un proceso deliberado de criminalización, satanización y deformación perversa. En contraste, las agendas de exclusión radical y los discursos de aniquilación promovidos por las derechas hegemónicas son revestidos de una falsa neutralidad democrática e institucional. En el presente ensayo crítico sostengo que esta asimetría moral no es un accidente cognitivo ni un malentendido de la opinión pública, sino una estrategia operativa central donde la destrucción moral del oponente actúa como la condición de posibilidad indispensable para su posterior borramiento judicial, civil o físico. A través de un enfoque transdisciplinario, se analizará la forma en la que confluyen el derecho, la sociología del poder, la psicología del comportamiento y las epistemologías críticas para desvelar el entramado invisible de un sistema que necesita deshumanizar a la otredad para perpetuarse en la cúspide del poder.
El fascismo, tanto en sus expresiones históricas clásicas como en sus mutaciones contemporáneas, sitúa la deshumanización no como un exceso accidental del poder, sino como su motor operativo primordial. A diferencia de las dictaduras autoritarias tradicionales que demandan la mera pasividad de los gobernados, el fascismo exige una movilización afectiva y constante de las masas. Esta energía social no se cataliza mediante un proyecto puramente afirmativo, sino a través de la reacción visceral contra un enemigo construido a la medida de sus necesidades. La alteridad es fracturada radicalmente al ser reducida a categorías biológicas de "parásito", "cáncer" o "contagio", o a nociones metafísicas de maldad absoluta. Como advierte Giorgio Agamben en su genealogía del poder, el soberano totalitario delimita un "estado de excepción" permanente donde el disidente es despojado de su estatus ciudadano y reducido a Homo Sacer: un cuerpo al que se puede desvivir e infligir violencia sin que el acto sea tipificado social o penalmente como un crimen. La persecución política muta así en una supuesta labor de higiene social o legítima defensa comunitaria. Si el rival político ya no es un interlocutor válido, sino una amenaza existencial que busca la destrucción de la "patria" o el "orden natural", cualquier medida extrema, despojo material o suspensión de derechos fundamentales queda justificado de antemano ante el tribunal del sentido común de las mayorías.
Este fenómeno adquiere un matiz nítido y doloroso al examinar la historia reciente de Colombia. La "hipocresía política" se arraiga institucionalmente mediante el monopolio del capital simbólico. Tomando los planteamientos de Pierre Bourdieu, las clases dominantes ejercen una "violencia simbólica" estructural al tener la capacidad de dictar el "poder de nominación": el derecho exclusivo de decidir quién pertenece legítimamente al cuerpo social y quién debe ser excluido. De este modo, la derecha hegemónica asimila sus propios intereses corporativos, económicos y de propiedad con los conceptos abstractos de "institucionalidad", "seguridad" y "democracia". Bajo este velo, cualquier uso desproporcionado de la fuerza estatal o el auspicio de discursos de destripamiento físico y paramilitarismo son matizados, invisibilizados o defendidos mediáticamente como "males necesarios" para la salvaguarda de la nación. Por el contrario, la máquina del estigma opera de forma implacable contra la otredad alternativa. En Colombia, las dinámicas del conflicto armado interno facilitaron el diseño de una "fórmula de amalgama" sumamente eficiente: equiparar de forma automática toda movilización indígena, protesta estudiantil, reclamo de reforma agraria o propuesta de salida negociada al conflicto con el accionar de las insurgencias ilegales. Esta degradación busca vaciar de todo contenido político el discurso del oponente. Como explica la filósofa Miranda Fricker, se comete una profunda "injusticia epistémica" de carácter testimonial: al sujeto oprimido se le devalúa y neutraliza su capacidad de enunciación basándose en un prejuicio identitario y político previo. Sus propuestas de paz no se debaten en la esfera pública; se eliminan moral y ontológicamente mediante la sospecha penal permanente y la satanización lingüística.
En el siglo XXI, las fuerzas neofascistas han trasladado su principal campo de batalla de las censuras militares tradicionales a la arquitectura algorítmica de las redes sociales, configurando lo que se denomina tecnofascismo. La degradación moral y judicial del oponente (Lawfare) se ejecuta hoy en tiempo real y a escala industrial. El objetivo psicológico de la desinformación programada y el linchamiento virtual no es ganar un debate intelectual, sino agotar por saturación la empatía intersubjetiva de la sociedad civil. El filósofo Byung-Chul Han demuestra la forma en la que la actual "infocracia" y la psicopolítica digital explotan las emociones primarias de la ira, el odio y el miedo debido a su alta rentabilidad en la economía de la atención. Los algoritmos de las corporaciones tecnológicas no son neutrales; catalizan la polarización asimétrica porque el morbo y la confrontación radical generan mayor interacción y fidelización de usuarios. A través de este flujo incesante de narrativas de la posverdad, el oponente es despojado cotidianamente de su dignidad personal y etiquetado con metáforas eufemísticas y de degradación zoológica. Esta desconexión afectiva colectiva encuentra su sustento en la teoría de la desvinculación moral de Albert Bandura. Cuando el ecosistema digital logra que el ciudadano común asimile al disidente como una "escoria moral" o un "parásito social", se rompen los lazos de compasión humana básicos. Al igual que la racionalidad burocrática diluye la culpa del funcionario, el tecnofascismo diluye el remordimiento moral de las masas. Cuando la violencia física real —el exterminio, el destripamiento o el paramilitarismo— cae finalmente sobre los cuerpos de los deshumanizados, la respuesta social mayoritaria ya no es la indignación ética, sino la indiferencia, el silencio cobarde o el beneplácito implícito.
Este engranaje tecnofascista sería inoperante sin la participación activa del periodismo corporativo transnacional y de aquellos sectores que se amparan bajo la fachada de la "neutralidad periodística". Es imperativo denunciar que la neutralidad ideológica no existe en el plano de la existencia humana; todo enunciado emerge de una posición de clase, de una historia y de una estructura material determinada. Los grandes medios de comunicación no son observadores asépticos de la realidad, sino nodos financieros integrados a conglomerados económicos transnacionales con intereses específicos en la concentración de la tierra, la banca y la explotación de recursos. La prensa corporativa actúa, por tanto, como el tribunal de primera instancia del neofascismo. Los titulares sensacionalistas y los paneles de opinión dominantes preparan minuciosamente el terreno para el horror. Su estrategia más nociva se manifiesta a través de la "falsa equivalencia moral": equiparar en un mismo plano de validez discursos que defienden los derechos humanos, la vida y la justicia social, con proclamas abiertamente genocidas o apologías de la masacre. Al otorgarle la categoría de "opinión respetable" a la deshumanización del otro bajo el pretexto pluralista de "escuchar las dos versiones", el periodismo supuestamente neutral legitima lo intolerable, lava la cara de las estructuras opresoras y amplifica activamente la sed de sangre y el linchamiento moral de los subordinados. ConclusionesEl análisis transdisciplinario de la hipocresía política y la deshumanización de la otredad permite extraer tres conclusiones fundamentales para la comprensión y la transformación de la realidad contemporánea:
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miércoles, 1 de julio de 2026
La Hipocresía Política y la Deshumanización de la Otredad
La Encrucijada De La "Paz Total"
La Encrucijada De La "Paz Total"Cristian Beltrán Barrero IntroducciónEl marco de la "Paz Total" en Colombia, concebido bajo la Ley 2272 de 2022, se presentó como una ambiciosa apuesta del gobierno de Gustavo Petro para desmantelar las estructuras criminales del país mediante el diálogo y el sometimiento judicial. Sin embargo, las filtraciones periodísticas de junio de 2026 han transformado esta política de Estado en uno de las mayores migrañas institucionales de la historia reciente. Las revelaciones de audios que involucran al exdirector de la Dirección de Inteligencia Nacional (DNI), Jorge Lemus, y al excomisionado de Paz, Danilo Rueda, exponen presuntas concesiones operacionales y un incómodo cabildeo con el narcotráfico. En este ensayo analizo críticamente si dichas actuaciones representan un desborde criminal de las funciones oficiales, una instrumentalización estratégica por parte del Clan del Golfo, o una radiografía de la profunda infiltración de las mafias en las ramas del poder público colombianas. Para ello, se contrastan los hechos actuales con dos de los antecedentes históricos más complejos del conflicto nacional: la zona de despeje del Caguán y el Pacto de San José de Ralito.
Para evitar el reduccionismo político, es indispensable separar el ruido retórico de los indicios fácticos. No nos encontramos ante "meras sugerencias" o sospechas abstractas. La existencia de registros sonoros reales ratifica que altos funcionarios del Ejecutivo sostuvieron encuentros con intermediarios del narcotráfico (como alias "Boyaco Sinaloa"). Bajo el amparo de las facultades de acercamiento otorgadas por la Ley 2272 de 2022, se discutieron dinámicas de control territorial sumamente complejas para un Estado de derecho, orientadas en principio a consolidar el desarme del Grupo Armado Organizado (GAO) Clan del Golfo. Estas incluyeron el cese selectivo de operaciones militares, la suspensión de bombardeos y el repliegue de unidades de contrainteligencia de la Fuerza Pública como mecanismos para construir confianza mutua, pero que no incluía zonas de despeje ni de abandono estatal como la de San Vicente del Caguan durnate el gobierno de Andres Pastrana Arango No obstante, la oferta de estas concesiones coincide con un hecho empírico incontrovertible: la alarmante expansión del Clan del Golfo, que duplicó su pie de fuerza entre 2022 y 2026, pasando de aproximadamente 4,000 a casi 10,000 integrantes. Este crecimiento demuestra que la estructura criminal instrumentalizó y se aprovechó de la buena voluntad gubernamental para robustecer su aparato bélico, tal como pasó con las FARC durante la zona de despeje de San Vicente del Caguán. Así mismo, no existe una prueba directa e irrefutable que vincule las órdenes personales del presidente Petro con un pacto delictivo, como sí ocurrió en el pacto de San José de Ralito, el peso de la evidencia demuestra que el problema radica en la delgada línea que separa la exploración legítima de la paz de una preocupante extralimitación de funciones por parte de sus delegados.
Uno de los puntos más agudos del debate radica en la naturaleza del estancamiento de la Ley de Sometimiento a la Justicia en el Congreso. La hipótesis de que el Clan del Golfo saboteaba activamente el proyecto se ratifica con la realidad de los audios. Teóricamente a las estructuras mafiosas les conviene un marco legal que ofreciera penas reducidas y blindaje contra la extradición, pero la evidencia sugiere que les conviene más dilatar el trámite de la ley, sabotear los esfuerzos de paz total y continuar una agenda guerrerista mucho más lucrativa para sus fines El verdadero chascarrillo institucional emerge cuando el propio aparato de inteligencia del Estado, al ver frenado el trámite legislativo, acude a un capo de la droga para que utilice sus "contactos políticos" y destrabe la ley, lo que sugiere indicios de que quienes obstruyen el trámite parlamentario obedecen a los hilos de estos mismos carteles. Este fenómeno expone una doble lectura de la degradación institucional:
Un eje central de discusión ha sido la salida masiva de más de 80 generales de la República desde el inicio del mandato en 2022. La narrativa de la oposición intentó dibujar este hecho como una concesión directa y previa para complacer al Clan del Golfo. No obstante, un análisis cronológico y ético desvirtúa esa simetría simplista. La remoción de los altos mandos se ejecutó de forma soberana por el Ejecutivo mucho antes de formalizar los acercamientos, motivada por la imperiosa necesidad de sanar al Ejército y a la Policía de oficiales cuestionados por corrupción, narcotráfico y nexos paramilitares. Desde la perspectiva de la alta estrategia de Estado, limpiar las instituciones es un paso previo indispensable: un aparato militar permeado por la ilegalidad es incapaz de garantizar un proceso de paz transparente, pues los mandos corruptos sabotearían los diálogos para proteger sus propias rentas ilícitas. La gravedad del escándalo actual no reside, por tanto, en la purga militar —la cual constituye un acto legítimo de transparencia— sino en la instrumentalización discursiva que de ella hicieron los opositores de la "Paz Total". Los audios filtrados demuestran que el excomisionado Danilo Rueda y el exdirector de la DNI presentan esta reestructuración interna ante las mesas del Clan del Golfo como una muestra de transparencia gubernamental para garantizar una paz total sin la injerencia de una cúpula militar corrupta, más no como un "gesto de buena voluntad" o una concesión a su medida para generar confianza. Por lo tanto, esto es una política pública orientada a sanar las fuerzas del Estado que terminó siendo degradada por la oposición como una moneda de cambio discursiva para agradar a un cartel, lo cual no es cierto.
El eco de este escándalo ha revivido en la opinión pública viejos fantasmas del conflicto colombiano, obligando a trazar dos paralelismos históricos de naturaleza radicalmente distinta.
Equiparar la situación actual con la "Parapolítica" resulta histórica y estructuralmente erróneo debido a sus abismales diferencias de origen y diseño institucional:
Si bien el proceso actual no se asemeja al de Ralito —en el que la mafia capturó al Estado—, sí encuentra un reflejo histórico exacto en la zona de despeje de San Vicente del Caguán durante el gobierno de Andrés Pastrana. En pocas palabras, el Clan del Golfo aplicó el mismo "manual de estrategia" que las FARC utilizaron a finales de los noventa: instrumentalizar la buena voluntad de un gobierno desesperado por consolidar la paz para conseguir un alivio u "despeje operativo" (en este caso, la parálisis selectiva de la Fuerza Pública y el repliegue de la contrainteligencia), congelar la acción punitiva del Estado y utilizar ese tiempo para expandirse, rearmarse y fortalecer sus economías ilícitas. Al igual que ayer en el Caguán, la historia se repite con distintos actores: el grupo ilegal sale fortalecido y el Gobierno queda expuesto y debilitado políticamente. Sin embargo, este paralelo histórico abre un debate neurálgico sobre la legalidad de los procedimientos y la asimetría en la fiscalización política:
Conclusiones
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