La Arqueología Teocrática Del Fascismo: Los Cinco Pilares Del Comportamiento Fascista En Las Religiones-Partido Y La Captura Del Estado SecularCristian Beltrán Barrero IntroducciónEn el pensamiento político contemporáneo, el fascismo suele definirse mediante sus manifestaciones históricas del siglo XX: el Estado corporativo, el ultranacionalismo militarizado y el culto a la personalidad política. Sin embargo, una mirada filosófica y sociológica más profunda revela que el fascismo no es únicamente una forma de gobierno, sino una morfología del poder absolutista. En su núcleo más íntimo, la pulsión fascista (comportamiento fascista) es una estructura epistemológica y psicológica que anula la autonomía del individuo para subsumirlo en una masa obediente y dirigida hacia la dominación. Bajo este marco analítico, las religiones monoteístas institucionalizadas y, de forma aún más drástica, su metamorfosis contemporánea en religiones-partido, no son meros cuerpos doctrinales de fe privada: son sistemas intrínsecamente fascistas. Cuando la fe cruza el umbral del templo para constituirse en plataforma electoral y aparato de gobierno —proceso visible en Colombia a través de movimientos como el Partido MIRA, la Misión Carismática Internacional (MCI) y el bloque de Colombia Justa Libres—, la sacralización del Estado secular deja al descubierto que la meta final de estas estructuras jamás fue el amparo espiritual, sino la captura integral de los poderes públicos y la imposición de una hegemonía dogmática. Los Cinco Pilares Del Fascismo Confesional
El primer pilar que hermana al monoteísmo dogmático con el fascismo es la producción de una "mentalidad de manada". Como analizara Erich Fromm en El miedo a la libertad, la angustia que produce la autonomía individual lleva al sujeto a ceder su juicio crítico e integrarse voluntariamente en una colectividad autoritaria. En la dinámica confesional —articulada sobre la metáfora del "pastor y su rebaño"— el disenso se tipifica como pecado o traición. Cuando estas estructuras migran a la política electoral, el rebaño espiritual se transfigura en un ejército electoral disciplinado: las congregaciones votan corporativamente no por deliberación ideológica, sino por mandato pastoral, anulando la ciudadanía crítica en favor de la subordinación colectiva.
La arquitectura epistemológica de ambos sistemas rechaza de plano el método científico y la comprobación empírica. El dogma constituye una "verdad inamovible" autorreferencial: no requiere corroboración tangible, sino "creencia y fe ciega". Si los hechos, la realidad científica o los indicadores socioeconómicos contradicen el dogma religioso (o la narrativa del régimen), la realidad es tildada de corrupta o engañosa. Esta ceguera voluntaria se traslada al Estado cuando las religiones-partido legislan: sus iniciativas no buscan resolver problemas públicos mediante evidencia empírica, sino imponer tabúes doctrinales sobre la ley civil, declarando la guerra al pensamiento secular y pluralista.
El monoteísmo radical propone un universo autocrático: Dios es un soberano absoluto no electo, incuestionable y sin contrapesos institucionales. Carl Schmitt acertó al señalar en su Teología Política que los conceptos modernos del Estado son conceptos teológicos secularizados. El fascismo réplica esta cosmología al instaurar la figura del Caudillo o Führer, cuya palabra encarna la voluntad suprema. En las religiones-partido colombianas, este modelo se manifiesta en la sacralización de la cúpula pastoral y dinástica. Los líderes religiosos no rinden cuentas ni en lo económico ni en lo doctrinario; al acceder al Congreso o al Ejecutivo, operan bajo la misma lógica vertical, rechazando los pesos y contrapesos de la democracia constitucional.
Tanto el fascismo como la teocracia requieren de la categoría del "no perteneciente" para consolidar su cohesión interna. Apoyándose en las lecturas sobre el exclusivismo moral (desde Hannah Arendt hasta Giorgio Agamben y la Escuela de Frankfurt), el individuo externo no es simplemente un par con una opinión distinta, sino un agente de contaminación moral. En el lenguaje religioso-político, el oponente no es un contrapeso democrático: es el "infiel", el "pecador" o el "satanizado". Esta deshumanización del ajeno neutraliza la empatía básica y justifica la persecución institucional, la cancelación de derechos civiles de las minorías y, en sus manifestaciones históricas más radicales, la segregación y el exterminio.
El elemento que dinamiza a los cuatro anteriores es una voluntad de poder desmedida e inagotable. Como señala Slavoj Žižek en sus críticas a la ideología totalitaria, el poder autoritario padece de un vacío constitutivo: nunca está satisfecho. A las jerarquías confesionales no les basta la hegemonía moral ni el capital financiero privado acumulado mediante el diezmado de sus creyentes. La evidencia en Colombia demuestra una transición calculada hacia la captura del aparato estatal: la toma de curules en el Congreso, la colocación de cuotas burocráticas en ministerios, órganos de control y la rama judicial. La religión-partido busca la "acumulación doble": extraer rentas del presupuesto público mientras normativiza su dogma sobre el conjunto de la sociedad. CONCLUSIONES
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sábado, 1 de agosto de 2026
La Arqueología Teocrática Del Fascismo: Los Cinco Pilares Del Comportamiento Fascista En Las Religiones-Partido Y La Captura Del Estado Secular
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