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sábado, 3 de octubre de 2026

La Economía Política Del Horror

La Economía Política Del Horror: De La Doctrina Operacional A La Mercantilización De La Barbarie


Cristian Beltrán Barrero


Introducción


El conflicto armado y las dinámicas de orden público en Colombia atraviesan un punto de inflexión en el que la praxis militar no sólo redefine el control territorial, sino también las narrativas éticas del debate público. El reciente viraje en la estrategia de seguridad estatal —caracterizado por el retorno a la ofensiva aérea, la suspensión de diálogos de paz y el incremento de operativos en zonas de alta vulnerabilidad campesina e indígena— reabre viejas cicatrices vinculadas a las violaciones sistemáticas de los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario (DIH).


Sin embargo, reducir este fenómeno a una simple disputación operacional o partidista resulta insuficiente. En el marco del capitalismo de plataformas y la reconfiguración neofascista del siglo XXI, la violencia, el sufrimiento y la muerte han dejado de ser fallas del sistema para convertirse en insumos de acumulación económica, divisas de rendimiento electoral y dispositivos de gobernanza. En este ensayo examino la forma en la que la doctrina de seguridad contemporánea se entrelaza con la mercantilización del odio, la fetichización del enemigo y la espectacularización de la tragedia, al tiempo que plantea alternativas de resistencia ciudadana y comunitaria frente a la monetización de la barbarie.


  1. La Coyuntura Colombiana: Reconfiguración Operacional, DIH Y Memoria Del Trauma


El debate en torno a los bombardeos en regiones rurales como el Guaviare ilustra la tensión estructural entre la razón de Estado y las garantías fundamentales. Por un lado, la narrativa gubernamental justifica el uso de la fuerza desproporcionada como un imperativo estratégico contra estructuras delictivas y narcoterroristas, argumentando que son estas las que violan el DIH al instrumentalizar a la población civil y reclutar menores. 


Por otro lado, la sociedad civil, las bancadas de oposición y los organismos de derechos humanos exigen transparencia e inteligencia previa, recordando que, bajo el DIH, los menores víctimas de reclutamiento forzado mantienen su condición de sujetos de especial protección y no pueden ser tratados simplistamente como combatientes legítimos.


Esta preocupación no surge en el vacío; se inserta en un tejido social profundamente traumatizado por el patrón macrocriminal de las ejecuciones extrajudiciales (denominadas "falsos positivos"). La documentación histórica de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y la Comisión de la Verdad ha demostrado cómo la lógica del "conteo de bajas" (body count) y los incentivos institucionales derivaron en el asesinato sistemático de miles de civiles entre 2002 y 2008. 


Aunque el Estado colombiano ha pedido perdón oficialmente y la justicia transicional avanza en la imputación de máximos responsables mediante el Caso 03, el recrudecimiento de la violencia rural en 2026 —reflejado en cerca de 100 homicidios de líderes sociales e indiscutibles presiones sobre defensores de derechos humanos— reactiva las alertas sobre la persistencia del estigma, el riesgo de impunidad y el desplazamiento forzado.


  1. Marco Teórico: La Tríada Del Horror (Mercantilización, Fetichización Y Espectáculo)


Para comprender por qué estas dinámicas se perpetúan y encuentran eco mediático, es necesario acudir a la teoría social contemporánea:


  • La mercantilización de la barbarie y la necroeconomía: En palabras de Achille Mbembe (Necropolítica) y Sayak Valencia (Capitalismo Gore), la muerte y el cuerpo violentado han dejado de ser externalidades de la guerra para convertirse en productos centrales de mercado.

    • En la economía de la atención, la indignación y la violencia gráfica generan el máximo engagement. La barbarie se monetiza a través de algoritmos que traducen la rabia y el morbo en métricas, clics, suscripciones y monetización publicitaria.

  • La fetichización del odio: Desde una perspectiva sociológica marxiana, la fetichización abstrae el conflicto de sus causas materiales estructurales (la desigualdad, la concentración de la tierra y la ausencia de institucionalidad) y lo presenta como una pugna moral contra un "enemigo místico". 

    • El odio se transforma en una mercancía identitaria: un amuleto que el individuo consume y exhibe para adscribirse a un colectivo, despojando la interacción política de cualquier dimensión ética o empática.

  • La sociedad del espectáculo y la normalización de la violencia: Como advirtió Guy Debord, la representación sustituye a la vivencia directa. La difusion masiva de bombardeos, cuerpos expuestos y combates digitalizados convierte la crueldad en una forma de entretenimiento pasivo. 

    • La tragedia diaria compite en la pantalla al mismo nivel que la ficción o el deporte, anestesiando a la ciudadanía y reduciendo a la víctima a un simple encuadre visual (content).


  1. El Odio Como Bien Del Sistema Y Agenda De Gobernanza


En la convergencia "capitalismo-fascismo" del siglo XXI, la instrumentalización de la muerte no es un exabrupto irracional, sino una estrategia de alta rentabilidad política y fiscal:


  • Rentabilidad electoral: Movilizar electores mediante el miedo al "enemigo interno" resulta significativamente más económico y cohesivo que financiar reformas estructurales de bienestar social.

  • Anestésico social: Canalizar el malestar de poblaciones precarizadas hacia sectores vulnerables (campesinos, minorías, disidencias) actúa como un fusible sistémico que protege a las élites económicas y desvía la atención de las fallas del capital.

  • Legitimación del Estado de Excepción: La construcción de amenazas existenciales justifica el aumento del gasto militar, la seguridad privada y la restricción de libertades civiles, consolidando industrias globales del control social.


  1. Agenciamiento Ciudadano: Sabotaje A La Economía De La Atención Y Reconstrucción Territorial


Frente a una maquinaria de escala sistémica, el ciudadano sin poder institucional posee un margen de acción decisivo en la escala de lo cotidiano, lo comunitario y lo conceptual:


  • Sabotaje digital e higiene del engagement: Negarse a alimentar los algoritmos de la indignación. No comentar, no compartir ni interactuar con discursos de odio o pornografía de la violencia —incluso bajo el deseo de criticarlos— quiebra la rentabilidad económica del agitador digital.

  • Des-fetichización del enemigo en el plano conceptual: Desarticular la estigmatización en conversaciones familiares, laborales y barriales. Disputar el lenguaje y exigir un pensamiento complejo frente a los binarismos morales.

  • Reconstrucción del tejido social (La anti-mercancía): Fortalecer las Juntas de Acción Comunal, las cooperativas, los colectivos culturales y las redes de apoyo mutuo. El odio y la paranoia securitaria florecen en la atomización individual, pero se disuelven en la solidaridad territorial presencial.

  • Veeduría ciudadana y memoria histórica: Respaldar a los defensores de derechos humanos y sostener la memoria de las víctimas. La verdad institucionalizada es la mayor barrera contra la relativización de la barbarie.


Conclusiones


La crisis humanitaria y el debate operacional en Colombia no pueden aislarse de las transformaciones globales del capitalismo tardío. Cuando la seguridad se concibe como un espectáculo mediático y el dolor ajeno se traduce en métricas de engagement o rendimientos electorales, la democracia pierde su densidad ética y se convierte en un escenario de gestión del despojo.


Como señalaba Antonio Gramsci, en el claroscuro donde lo viejo muere y lo nuevo no termina de nacer, emergen los monstruos. La tarea de la ciudadanía de a pie no es emprender un combate individual contra la maquinaria del horror, sino negarse a ser su materia prima. Desmonetizar la indignación, rehusar la estigmatización del campesinado, tejer redes comunitarias de cuidado y sostener viva la memoria histórica son los actos radicales de resistencia que impiden que el odio cotice en bolsa y que la vida humana siga siendo contabilizada como un simple indicador de guerra.